Naranja y Maracuyá

Viernes 6 de Febrero:

Aún con el rechazo latente, tomé la iniciativa de escribirte. Lo admito, te extraño, me sigues gustando. Bajo la promesa voluble de una salida sin burdas pretensiones, me acerqué a esa fuente de soda que compartíamos y pedí nuestro juego clásico: naranja con maracuyá. Quise agregar algún sandwich con ají y crema de aceitunas que amas, pero fan de comer por las noches no eres, dimití esa orden.

Apurado por escribirte apenas subía al auto, recordé esas incesantes preguntas, esas que mi conciencia recaba de tanto en tanto, a manera de auxilio. ¿Tiene ganas de verme realmente? Pues respondió mi mensaje, aunque con una frialdad y con un "ahí viendo, ok" que podría resumir sus intenciones. ¿Podré insertarme nuevamente en su vida?  Alega ser mi amigo, pero aclara de antemano que no quiere nada más. ¿Me guardará algún rencor? Intenta decirme que no, pero esperaba que no retomara el contacto. ¿Me quiere? Me verá siempre como su mejor recuerdo.

"Cuando gustes, ya sabes dónde trabajo y vivo", es una respuesta con intención de reto y desgano. Mi adrenalina se convirtió de pronto en decepción, sus ganas de compartir tiempo con alguien han cambiado de destinatario. Probablemente es ese chico trigueño, delgaducho, lampiño y de sonrisa contagiosa quien ahora merezca tu trato amable. Eso explicaría porqué tus últimas amistades resultan ser amigos de él. Quizás la cena de ese 2 de enero fue el marco de un nuevo inicio que rehúso a reconocer. Y pensar que hace un año nos distanciamos por, entre otras razones, tus nulas ganas de interacción con mis personas. Las canciones de tu muro me confunden. Y mientras escribo esto, entiendo mejor que nunca cómo mi celotipia , imaginación y acoso no tiene límites.

"Carajo, no soy grato aquí, ¿por qué no lo entiendo y me voy?", pensé. Encendí el auto y demoré 5 minutos en partir. Te visualicé sentado en mi auto, retrocediendo el asiento por tus largas piernas, mientras apresurabas a decirme: "Las bestias se calman con música", como cada vez que necesitaba relajarme.

Dejaré a un lado mis paranoias y respetaré nuestros espacios, el tiempo merece nuestra introspección. Me comprometí a vivir en buena lid desde inicios de este año, debo respetarla. Eso sí, recuerda que mis puertas están abiertas si deseas ser escuchado. ¿Soy terco? No, optimista.

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Ladrillos

Una lettera di scuse
"Daniel,

Me atreveré a comunicarme por aquí, asumiendo el riesgo de que se pierda, no se entienda o no creas en mi mensaje.

Ante todo, debo agradecerte por el incondicional apoyo y paciencia, incluso hasta hoy, con el noble gesto de tu abrazo de despedida. Comprendo que no lo merezco y he hecho los méritos suficientes para apartarme de tu lado. En estos 5 años has aportado/contagiado tu autonomía, confianza y autoestima, no hay lugar a duda de que siempre estaré agradecido contigo.

Espero que pueda disculparme por el daño ocasionado. Si te sirve de algo, cargaré siempre con la culpa de haberte lastimado, de verdad lo siento y mis palabras quedarán cortas ante este hecho. Hoy admití un hecho importante que durante tanto tiempo había omitido y con el que solo dialogaba con mi psiquiatra. De tan solo pensar que me habrías perdonado de haberte dicho la verdad antes, pero tal como dijiste: "todo crimen tiene castigo", y es tiempo que asuma dicha responsabilidad. Entenderé a la larga tu decisión de no volverme a mirar como antes, pero guardaré la esperanza de recibir al menos una llamada tuya en algún momento.

Actué con cobardía durante este año, y cometí estupideces de las que ya sabes. Nunca valoré el cariño de los que me rodeaban y siempre me sentí poco suficiente para todos. No todo ha sido momento de júbilo como piensas, pero tienes el derecho de imaginarlo.

Mentí porque quise evadir miradas con pena, desprecio o lástima, porque no quería perderte; pero no hice más que hundir la poca fe que quedaba. Mentí e hice más daño que bien. Y reitero mis disculpas.  Te agradezco por dar tu compañía y aprecio estos últimos 5 meses.

Espero que pasada la tormenta, guardes el recuerdo de ese adolescente que te conoció por un blog. El tiempo sabrá recompensarte por la excelente calidad de persona que has sido. Te quiero mucho, Daniel, si nos cruzamos en un futuro sabrás que he cambiado para bien, como siempre lo deseaste.

Felices fiestas,

Santiago.

PDTA: Si hay objetos de los que quieres deshacerte, recuerda que es navidad y hay gente que pasa frío. Sabrán agradecértelo. Un abrazo, te quiero".


A veces no determinamos el destino de nuestras palabras.

Esa mañana se despidió y se fue a trabajar. "Santiago, realmente se despidió, despierta, te pidió que te retiraras de su vida", me dije. Lloré con la nula esperanza de que esas lágrimas dejaran huella en tu dormitorio, pero sabía que al menos tendría que despedirme con un mejor gesto. Abrí tu ropero, cogí una hoja en blanco y empecé a escribir. "Esto es un error, no lo va a leer", repetí mientras tiraba un hoja tras hoja, haciendo basura. Decidí entonces que mi gesto final sería dejar tu cuarto limpio de mis pertenencias, para ahorrarte el trabajo de recordarme a través de objetos. Limpio y organizo porque soy el mejor haciéndolo, no hay título honorario para eso, pero dije que me serviría para dar un gesto final. Terminé esta carta y manos a la obra.

Llegaste a las pocas horas, y mi plan falló. El gesto no se dio. Oculté la carta. ¿Por qué? Quería despedirme pero no pude al verte de nuevo. Lo que resta de ese día lo sabemos. Lo que resta del día me dio esperanza de que podía hacer algo, de que podía esforzarme. Y busqué los medios para intentar lograrlo.

Sin embargo, no pude colocar el primer ladrillo que necesitabas, y en consecuencia, el domingo 21 de diciembre del año pasado se dio la verdadera despedida, esta vez sin carta. Me retiraste de tu cuarto con el mejor gesto que pude ofrecerte, entre lágrimas, pero lo terminé de hacer.

Este 2015 me comprometo a ser honesto y a vivir en buena lid, pero eso sí, jamás me pavonearé desde un pedestal de moral y buenas costumbres inexistente, porque es fácil retirar el pie (sobretodo a  pocos días de proclamar el buscar estar solo).

Tentare la sorte.

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Vuelo Francés

Miércoles 26 de Noviembre:

-Hola, ¿cómo estás? -recibí un mensaje inesperado por WhatsApp.
-Hola, Bruno, ¡cómo has estado! Hace buen par de meses que no escucho sobre ti.
-Estoy en Lima.

Es cierto, desde hace 4 meses que no sabíamos nada uno del otro, y no había intención de escribirnos, no era su estilo, ni el mío.


Viernes 18 de Julio:

Mi viaje familiar tenía rumbo hacia México, DF. Y tras problemas en el hotel de reserva, terminamos en otro. Mientras esperábamos a la recepcionista, era inevitable ver la cantidad de personas entrando y saliendo de esos más de 15 pisos del hotel, eso sí, mi morbo no dejaba de enfocar mi visión hacia los pilotos que llegaban: uniformados, con maletitas pequeñas, con esa presencia que capta la atención desde lo lejos.

En México atardece más tarde de lo habitual, así que aproveché la desolada piscina del hotel, necesitaba relajarme de algún modo. Ese ambiente, parcialmente al aire libre, era amplio: 2 piscinas, una cancha de pádel, algunas mesas y sillas, etc; pero en esos momentos solo se escuchaban mis brazadas y el ventarrón que golpeaba las ventanas. Al rato, entraron 2 hombres con ánimos de fumar, sin darles importancia seguí nadando. Minutos después, levanté la mirada y me percaté de que solo quedaba uno.

-Aquí llueve bastante -me dijo ese hombre, se estaba acercando a la piscina.
-No estoy al tanto, gracias por el dato, es mi primer día aquí -respondí, mientras me retiraba los lentes.
-Me llamo Bruno, me parece haberte visto en la recepción.

Sí, Bruno era piloto y mi mirada, horas atrás, lo había visto con lujuria. Sonreí estúpidamente, y no señores, quise mostrar una sonrisa pícara mientras salía de la piscina, pero terminé casi resbalándome, riéndome y colocándome en una incómoda situación. Dicho y hecho, empezó a llover, fuerte.

-Dios, en Lima no llueve tanto -pensé en voz alta.
-Así que eres de Perú, he visitado tu país en varias ocasiones. Yo soy de Francia.
-Cuidado que te vaya a mojar -me secaba con prisa, algo intimidado (aunque suene a mentira) con su mirada.
-¿Qué te parece si te invito a cenar? Mis compañeros se fueron de rumba, quiero descansar temprano.
-Me parece una buena idea -acepté sin pensarlo.

El olor a cloro es horrible, así que pedí un tiempo para bañarme y vestirme. Mi familia, agotada del viaje, dormía plácidamente, así que tuve la excusa perfecta para escaparme un rato.
Cenamos en el restaurante del hotel, agradecí la invitación y empezamos a hablar sobre nuestro viaje, qué lugares y comidas no debería perderme, qué tal es la diversión nocturna, entre otras cosas que realmente me ayudaron en mi estadía. Terminada la cena, me dijo que conocía un camino para acceder a la azotea, no era la primera vez que se hospedaba ahí, y definitivamente no era el primero que lo acompañaba. No tengo fobia a las alturas, pero en esta particular situación, la visión era tan desde lo alto que mi piel se erizaba y cerraba los ojos, mientras él se reía.

-Iré a Perú a fin de año, probablemente.
-¡No te creo! ¿Por vacaciones o por trabajo? -su trabajo de por sí demandaba infinidad de viajes y recortadas estadías.
-Vacaciones, conozco unos amigos allá. Hasta ahora no he ido a Cusco. Espero poder verte.
-Claro, por qué no. Intercambiemos números.-respondí con cierta extrañeza.
-Regreso mañana a París.

Salimos de esa zona para dirigirnos hacia el ascensor, hubo un silencio largo por lo que ambos sospechábamos que la noche estaba por acabar. Me rehusé a abandonar la escena, y sin más, y aún ante el temor del rechazo, pedí acompañarlo a su habitación.

Y no, no se negó.

Horas después, salí en silencio mientras él dormía. Quizás no tan sigiloso, me tropecé con su uniforme y zapatos, pero al fin y al cabo, no despertó.


Miércoles 26 de Noviembre:

-Hola, ¿cómo estás? -recibí un mensaje inesperado por WhatsApp.
-Hola, Bruno, ¡cómo has estado! Hace buen par de meses que no escucho sobre ti.
-Estoy en Lima, por 3 días. No nos despedimos en esa ocasión.
-Sí, lo sé.

Bruno escribió su dirección, aproximadamente unos 20 minutos nos separan. Sin embargo, nuestras circunstancias han cambiado desde la última vez. Ahora tengo compañía.

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98%

- ¡Noticia! Lo he casi decidido, estoy segura un 98% -escribe apurada por WhatsApp-.
- ¿Me prestarás tu vientre de alquiler? ¿Sí? -le digo mientras me proyecto como futuro padre-.
- NO. Si es que él me dice para estar, existe un 98% de probabilidad de que le diga que sí.

Dejando de lado mis frustrados deseos de encontrar un vientre, debo admitir que esta noticia no me tomó por sorpresa. Es decir, enterarte de salidas al cine en plan cita, miradas peligrosas y bailes (aunque descoordinados) nada inocentes... Cuesta creer que solo son amigos.

Conozco a Marcos hace unas semanas, en una pequeña reunión de juegos y tragos de mi amiga. Noto su presencia e inmediatamente cruzo ideas. Resulta de interés el porqué lo invita, pues ni supe de su nombre hasta ahora. ¿Acaso quiere emparejarme? No hay forma, ni se le nota, pensé.

Bebidas que acercan
Marcos se perfila como un adulto joven, de constitución leptosómica y buen estado aparente de nutrición e hidratación, lúcido y, súper importante (pues muchos carecen de esto): orientado en tiempo y espacio. No evidencia alteraciones de conciencia, atención, afectividad, voluntad o pensamiento (ni en curso ni en contenido). Tiene ligera hiperestesia, sobretodo tras consumo de alcohol. Lenguaje fluido. Memoria e inteligencia intactas.

Y por sobretodo, Marcos es un hombre muy (resalto) educado, atento, gracioso, simpático, y simula muy bien la inocencia. Si bien no es atractivo (tampoco feo) y no despierta las glándulas salivales al verlo, debo admitir que tiene su gracia (y quién sabe, si luego me entero, "lo suyo").

- ¿Por qué? Porque me he dado cuenta que siempre salgo con el mismo tipo de chico -afirma-.
- ¿Cuál es?
- Sencillo, aquellos con los que me llevo bien pero no tenemos mucho en común. Con el que no puedo salir a algún lado sin que yo pague, con el que no puedo viajar, con el que no comparto cosas importantes, etc.
- Entiendo...
- Creo que me debo el hecho de intentarlo -afirma con suma seguridad-.

Leer esta última frase es el principal motivo por el cual regresan mis ganas de escribir, al menos un rato. "Me debo el hecho de intentarlo", frase que resuena y por así decirlo, me eriza la piel. ¿Cuántas veces olvidamos esas auto-deudas de vitalidad y alegría en nuestra vida? Probablemente dejamos escapar muchos meritorios y necesarios pagos por nuestros deberes, obligaciones, o la simple rutina. Las deudas se acumulan, y por absurdo que se sienta, fatigan.

Reconocer el primer paso (o persona) que puede lanzarnos a nuevas situaciones, emociona, al menos para mí pues no estoy acostumbrado a la adaptación. Ver cómo otras personas lo intentan, es igual de satisfactorio.

- ¿Y cuál es el otro 2%?
- Pues...

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